Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
Los recientes Juegos Olímpicos celebrados en París nos han entregado historias de todos tipos, algunas de ellas llenas de controversia. Una de ellas es la de la boxeadora argelina Imane Khelif, a quien se le ha acusado incluso de ser un hombre o una mujer transgénero, particularmente porque liquidó en apenas 46 segundos a su contrincante, la italiana Angela Carini. Pero el problema no radica en su efectividad deportiva o en su rendimiento: radica en los estándares de belleza impuestos en Occidente en donde, al parecer, las mujeres (y los hombres) feas no tiene cabida.
El caso de las mujeres es particular porque, además del machismo y las luchas de género con que tienen que lidiar día con día, cuando no son lo suficiente bellas para ser consideradas femeninas se duda de que sean mujeres. Pero esto no siempre ha sido así.
La humanidad ha tenido a través de su historia una gran fascinación por otro tipo de estética alejadas de los estándares de belleza, incluso por lo grotesco. Por ejemplo, mientras que en Europa las cortes incluían enanos en América los mayas veneraban las deformidades corporales. Historia de la fealdad (Lumen, 2007) de Umberto Eco hace un recuento de fealdades diversas que van desde las culturas clásicas hasta nuestros días, en su análisis el intelectual piamontés afirma que los gustos de las personas corrientes se corresponden de algún modo con los criterios estéticos de los artistas de cada época y de cada cultura. Sin embargo, son precisamente los parámetros contrarios, los que se refieren a la fealdad, aquellos que han sido relacionados con los valores negativos de las distintas sociedades. Monstruos, demonios, brujas y demás engendros apocalípticos son agrupados en la obra de Eco y representados con una iconografía tan diversa que va desde las esculturas griegas del siglo IV a. de C. Hasta el Cyberpunk y el Kitsch de nuestros días. Sátiros, enanos y reyes deformes, Drag Queens se combinan con los íconos del arte de cada época. Para artistas como Francisco Goya o Egon Schiele la interpretación de lo grotesco es otra forma de explicar el mundo que nos rodea.
Julia Pastrana
En México también contamos con nuestro aporte al inmenso panteón de la fealdad universal. La sinaloense Julia Pastrana fue considerada la mujer más fea del mundo a finales del siglo XIX. La mujer, descendiente de un grupo de indios conocidos como “Root Digger”, padecía hipertricosis por lo que tenía el cuerpo cubierto de pelo además de tener desproporcionadas la nariz, los dientes y las orejas de tal manera que incluso su mandíbula fue estudiada por el National Center for Biotechnology Information (NCBI) en Londres. El propio Charles Darwin llegó a referirse a Pastrana bajo los siguientes términos:
Julia Pastrana, una bailarina española (sic), era una mujer extraordinariamente fina, pero tenía una gruesa barba y frente velluda y en ambas quijadas, superior e inferior, una irregular doble hilera de dientes».
Sin embargo las cosas no fueron tristes para Julia, al menos no en vida. Realizó diversas giras artísticas por Europa donde ella misma se autoexhibía y también la consideraron una destacada actriz, llegando incluso a escribirse obras especialmente para ser interpretadas por ella, como el caso de Der curierte Meyer, estrenada en Londres en 1857. Su éxito fue tal que durante una gira por Estados Unidos asistió a diversas galas y bailes militares en donde los oficiales hacían largas filas para poder bailar con ella. Algunas vez declaró a la revista alemana Gartenlaube que había recibido innumerables propuestas matrimoniales pero que las rechazó todas porque los pretendientes no eran lo suficientemente ricos. Finalmente se casó con su manager, Theodor Lent, y murió en Moscú a la edad de 26 años por complicaciones postparto a las que tampoco sobrevivió un hijo con características similares a las suyas. Su cuerpo y el de su hijo recién nacido iniciaron entonces un larguísimo periplo europeo donde los exhibieron en distintas “cámaras de los horrores” llegando a pertenecer incluso a los “tesoros” del propio Adolf Hitler. Por un extraño azar las momias fueron robadas y aparecieron en el instituto forense de Oslo, Noruega, el cual entregó a las autoridades mexicanas el cuerpo de Julia el día 7 de Febrero de 2013, con la finalidad de que éste pudiera ser enterrado, cosa que ocurrió seis días más tarde en el Cementerio Histórico del Estado de Sinaloa, durante un acto que el gobierno sinaloense calificó “de dignificación y de respeto a los derechos humanos”.
La muy particular vida de Julia Pastrana, como la de muchos otros feos de nuestro tiempo, el anhelo de aquellos que los rodean (o los rodeamos) hacen que nos acerquemos a lo grotesco desde la cómoda butaca de aquello que llamamos normalidad y nos sintamos con la capacidad de juzgarles. Sin embargo, nuestro anhelo sigue siempre siendo la belleza, cualquiera que esta sea.
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