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El Juego de Pelota: Un ritual cósmico de las Culturas Mesoamericanas

El Juego de Pelota era mucho más que un deporte: era un ritual cargado de simbolismo religioso y cosmológico.
El Juego de Pelota: Un ritual cósmico de las Culturas Mesoamericanas

De Todo y de Nada por Sergio G. Haro

Una tradición compartida por muchas culturas mesoamericanas fue el juego de pelota, practicado por mayas, mexicas, zapotecas, mixtecas, entre otros. Este juego tiene sus raíces en la cultura olmeca, con representaciones de jugadores y campos de juego que datan de alrededor del 1400 a.C., y que se cree tiene una antigüedad de más de 3,000 años. Conocido como Tlachtli entre los mexicas y Pok-ta-pok o Pitz entre los mayas, el juego era mucho más que un deporte: era un ritual cargado de simbolismo religioso y cosmológico.

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El juego se jugaba en equipos, generalmente dos, con un número variable de jugadores dependiendo de la cultura y el periodo. El objetivo principal era mantener una pelota de caucho en movimiento sin que tocara el suelo, utilizando principalmente las caderas, y en algunas variantes, los antebrazos y muslos, sin poder usar manos ni pies. En ciertas versiones, hacer pasar la pelota a través de un aro de piedra representaba el objetivo final, aunque esta hazaña era sumamente difícil. Más allá de las reglas, cada partido era una ceremonia que podía marcar eventos importantes como coronaciones, victorias militares, o rituales agrícolas. Los jugadores no eran solo atletas, sino representantes de las deidades y la humanidad en un drama cósmico.

En la cosmología mesoamericana, el juego simbolizaba la batalla eterna entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte. Este simbolismo se refleja en el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas quichés, donde los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué desafían a los señores de Xibalbá (el inframundo) en un juego de pelota, representando el triunfo de la vida sobre la muerte y el renacimiento tras el sacrificio.

El campo de juego, conocido como tlachtli o chichen, era una representación en miniatura del cosmos, con sus dimensiones terrenales y celestiales. Generalmente tenía forma de «I» o doble «T», con dos paredes laterales inclinadas y dos áreas elevadas en cada extremo, que simbolizaban los límites del inframundo o los mundos de los dioses. Las paredes inclinadas y los aros de piedra a menudo se alineaban con cuerpos celestes, reforzando la idea de que cada juego era una recreación de los movimientos astrales. El esfuerzo de los jugadores para mantener la pelota en movimiento simbolizaba el mantenimiento del orden y equilibrio del cosmos.

El campo en sí representaba el universo, dividido en tres niveles: el inframundo, el mundo terrestre y el cielo. Las paredes inclinadas del campo no solo ayudaban a mantener la pelota en movimiento sino que también simbolizaban las montañas que separaban el mundo de los vivos del inframundo en la cosmología mesoamericana. Las líneas que delimitaban el campo a menudo se asociaban con los ríos sagrados del inframundo, mientras que el centro del campo, simbolizaba el centro del universo, el lugar de creación y de renovación constante. Además, el espacio de juego reflejaba el movimiento de los cuerpos celestes y, en algunos sitios arqueológicos, estaba alineado con eventos astronómicos como los equinoccios y solsticios, estableciendo una conexión entre la tierra y los ciclos celestiales.

Hoy en día, el juego de pelota se revive en varias comunidades de México y América Central. En regiones como Yucatán, Chiapas y Oaxaca, existen equipos que practican versiones modernas del juego, manteniendo vivas algunas reglas tradicionales. Se organizan competencias y eventos culturales que no solo buscan preservar este aspecto del patrimonio cultural, también educar a las nuevas generaciones sobre su significado histórico y espiritual. En sitios arqueológicos como Chichén Itzá o el Tajín, se realizan demostraciones del juego para los turistas, continuando la tradición de este ritual milenario.

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