Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
Un escritor tira una piedra a la orilla de un río con esperanza de que ésta realice uno, dos, tres rebotes sobre la superficie antes de perderse en las profundidades. Esa piedra dejará su testimonio, estuvo allí y no será necesario que nadie lo explique, las ondas que aún se expanden serán un corto eco de su existencia. El escritor continúa arrojando piedras y las ondas se multiplican, chocan unas con otras, abren nuevas vías y posibilidades, incluso presentan opciones que el escritor ignoraba. Así más o menos se podría definir la fractalidad en la literatura, esa paradoja narrativa que funcionaría a manera de contrasentido de la labor de contar algo. La literatura universal se ha nutrido de este tipo de textos que, con su irrupción, rompen los esquemas impuestos por el canon de su época. “…Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó…”. El fragmento salta a la vista y sacude el alma de casi cualquier lector, el buen lector promedio sabrá de inmediato que forma parte de El Aleph, acaso el más famoso relato del escritor argentino Jorge Luis Borges, gran amigo de laberintos, bibliografías imaginarias, infinitos y frases con claves ocultas. No es en El Aleph el único relato donde Borges genera una literatura de cajones chinos que se abren hasta el infinito. Lo hizo en El jardín de los senderos que se bifurcan: “Ts’ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto.”, lo hizo al dibujar con palabras la arquitectura de La biblioteca de Babel, y lo repitió al dibujar la geografía de la ciudad donde encontrara su trágico final Erik Lönnrot en La muerte y la brújula. Algunos otros autores han abordado la fractalidad como un recurso y no como un tema. Camilo José Cela nos aprisiona en una multiplicidad de personajes en La colmena; Michael Ende propone una serie de relatos aparentemente inconexos que se miran unos a otros y generan un nuevo relato escondido en un rincón de alguna página en El espejo en el espejo; Rayuela, de Julio Cortázar, nos ofrece el conocido juego de niños de ir saltando de una casilla a la otra en un ir y venir entre el cielo y el infierno; y ¿no es acaso el propio Quijote una suerte de intertextualidad de espejos que se miran de frente cuando Alonso Quijano se encuentra en Barcelona con un libro que le escupe al rostro: “Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y, preguntando su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas”?
El escritor se ha aburrido de lanzar piedras, observa como las últimas ondas generan un caos entrópico que desaparecerá tarde o temprano. Se sienta en una banca a la orilla del río en espera de que algo suceda, de que alguien llegue. De alguna manera sabe que “el otro” vendrá. Un joven se sienta a su lado, ambos observan un río que, probablemente no es el mismo, eso no les importa sus vidas tampoco lo son desde su perspectiva. El anciano mira al joven y éste lo mira a él, ambos se saludan, las olas se han disipado en la superficie de ese río de ambos.
Los autores tratan de ponerse de acuerdo en lo que la hoy llamada literatura fractal sería. Según afirma Alberto Viñuela en su artículo “Recursividad en literatura” la literatura fractal debe de contener alguno de los siguientes elementos: tautologías, historias cíclicas, cajas chinas y recursividad que pueden combinarse entre ellos; por su parte el español Pablo Paniagua hace una enumeración de algunos de los muchos elementos que según él hacen fractal a una obra literaria tales como:
- Desdoblamiento: Un personaje está en dos lugares a la vez.
- Visión caleidoscópica: Un personaje tiene la percepción de varios lugares al mismo tiempo.
- Dinámica circular: Cuando un personaje se confunde a sí mismo con otro.
- Dinámica cíclica: Como su nombre lo indica, este elemento hace referencia a procesos sin principio ni fin. Un ejemplo de la naturaleza es el ciclo del agua.
- Dinámica laberíntica: Similar a la idea de cajas chinas.
- Dinámica de repetición: Palabras, frases o temas se presentan una y otra vez a lo largo de la obra.
- Dinámica de mutación: Transformaciones acontecidas dentro de la historia.
- Juego de espejos: Por más que un personaje intente distintas cosas, siempre llega al mismo resultado. Un ejemplo sería que tomara diversos caminos y que todas las veces llegara al mismo punto.
- Proceso invertido: Acciones que se contraponen; mientras que el académico mexicano Lauro Zavala menciona que lo fractal es una característica de la minificción, también puede tratarse de un texto perteneciente a una serie, el cual puede ser analizado como un texto independiente o junto con la totalidad.
El gusto por lo misterioso y el hambre de azar son los nutrientes principales de la literatura fractal. Es esta búsqueda por el Aleph la que alimenta al lector y al escritor fractal hasta perderse en una cinta de Moebius donde uno no pueda distinguirse del otro, donde uno dependa del otro, donde el otro sea ese mismo que ahora soy, que no puedo definir ni abarcar y, sin embargo, me satisface. Como afirmó alguna vez Émile Borel en Mécanique Statistique et Irréversibilité, “un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado durante un periodo de tiempo infinito casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier libro que se halle en la Biblioteca Nacional de Francia”. Probablemente en la era del internet todos seamos esos mismos monos pulsando teclas ad nauseaum para construir la literatura del futuro, la historia de una humanidad que no dice nada y se multiplica abandonando nuevas claves en el camino, “cadáveres aplazados que procrean”, afirma Fernando Pessoa, “Somos cuentos contando cuentos, nada.”
La lluvia ha comenzado sobre el río y multiplica ondas infinitas que chocan unas contra otras hasta perder toda geometría y definición. Si el escritor pudiera observar con detalle la superficie del agua trataría de comprender que las palabras “caos” y “entropía” son un tímido bosquejo de lo que ocurre en su cerebro. La puerta anterior se convierte en otra más pequeña y así hasta el infinito, los vasos comunicantes de las historias de sus personajes aparecerían por todos lados. Si pudiera, el escritor tomaría notas, muchas notas que colocaría sobre una pizarra inabarcable en la cual trataría de darle sentido a todo. Pero el escritor no se encuentra ya. Tampoco está el otro, probablemente ninguno de los dos existió jamás. Tan sólo queda una banca vacía y mojada a la orilla del río.
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