Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
Nací en León Santiago de los Caballeros, Nicaragua. Una ciudad que, a decir de mi padre, es un fiel ejemplo del Macondo de García Márquez. Si tomamos en cuenta que esto ocurrió un 4 de diciembre de 1970 y que ese día estaba haciendo erupción el volcán vecino, cosa muy corriente en Nicaragua, mi padre tendría parte de razón.
¿Por qué comento esto? Porque si bien no nací en el 68 sí soy, como buena parte de mi generación, un producto de aquel año infausto para México y el mundo. Mi padre se encontraba en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en aquel año y, después de los hechos ocurridos, sus simpatías y ansias revolucionarias lo llevaron a conocer a mi madre, quien era parte del naciente Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).
Esto marcó mi vida. En la geografía de mis recuerdos, nombres como Carlos Fonseca, Edén Pastora, Omar Cabezas y los hermanos Mejía Godoy son casi como mencionar a miembros de la familia, independientemente de lo que les haya deparado el destino y la historia posterior. Tengo muy vivo el recuerdo, en mi niñez, de una celebración en el Auditorio Nacional de México en que los sobrevivientes del 68 fueron a festejar en un acto político a los comandantes de la revolución sandinista, y el entonces comandante Omar Cabezas detuvo su comitiva ante la multitud para dirigirse a mi madre y decirle: “¡Jodido! ¿Vos sos la Mariíta Rivas?”
Ante las pláticas de mis padres, están las de los amigos de ellos que después se convertirían en los míos, una suerte de familia postiza que resultó más real en muchos casos que con la que compartíamos apellidos. Allí está Fernando Rodríguez, músico chileno quien compartió la suerte de muchos chilenos en el Estadio Chile; la incontable catarata de nicaragüenses que pasaron por la casa, muchos de ellos que estuvieron en la montaña cuando el asunto de los “Contras”: Martina Meyrat, Gelasio Santamaría y Roberto Altamirano, por mencionar algunos.
Y en el plano nacional destacarían principalmente el entrañable Alejandro Rozado (con zeta) a quien culpo y culparé toda la vida de inocularme el gusano del rock y el buen cine que ha generado un inmenso golpe a mi economía doméstica entre discos, conciertos y películas a cambio de hermosas horas de reflexión y neuronas inmunes a muchas cosas. O los amigos de mi padre: Juan Carlos Rulfo y Celia Barrientos, quienes fueron los culpables de que mis destinos universitarios acabaran en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco, producto de aquellos vientos sesentayocheros.
La UAM tiene su dosis de leyenda y de familia emigrada del 68. Entre su pedigree destacan los nombres de Gilberto Guevara Niebla, Roberto Escudero, René Avilés Fabila (autor de El gran solitario de Palacio), y cuentan las malas lenguas que hasta el subcomandante Marcos, además de una buena cantidad de plumas y cerebros cocinados en los hechos de los años sesenta, por lo que quienes tuvimos la fortuna (o infortunio según sea el caso) de vivir el “sistema modular” del plantel Xochimilco nos tuvimos que recetar los textos de Mattelart, Bourdieu y hasta la “Acumulación Originaria” de los capítulos XXIV y XXV de El Capital del mismisimo Karl Marx.
Es difícil escapar al influjo del 68. En lo personal me ha dejado varias cosas: una gran fascinación por todos los temas políticos; una desconfianza terrible a la policía y a los soldados, pero más aún a la irresponsabilidad de los medios de comunicación; un delirio por la música de esa época, al grado tal que puedo afirmar categóricamente que The Beatles es lo mejor que le pudo ocurrir a la humanidad durante el siglo XX; una condena casi absoluta a los contenidos televisivos de México y, en caso contrario, un amor desmedido al buen cine; creo firmemente que no existe en el país un territorio más digno que el Campus de Ciudad Universitaria de la UNAM (Patriomonio Cultural de la Humanidad, dicho sea de paso) y me declaro PUMA de corazón; en mis libreros no se encuentra ningún título de Og Mandino, Paulo Coelho, Emma Godoy o Allan Greenspan y sí muchos de poesía, narrativa, historia y hasta materialismo histórico; me sé la letra de “La Internacional”; confieso practicar una suerte de necrofilia al perseguir tumbas de poetas y caudillos en cada uno de mis viajes, lo que me ha llevado a conocer las del matrimonio Sartre-De Beauvoir, Jim Morrison, Luis de Góngora, Fernando Pessoa, Rubén Darío y, por supuesto, Ernesto Guevara, Vicente Guerrero o Carlos Fonseca, y me indigna no saber donde descansa García Lorca; he recorrido el Quartier Latin de París y Anenecuilco así como Managua, León y La Habana y estoy seguro que le debo una visita a Buenos Aires y a Moscú; No creo en el perdón ni en el olvido y tampoco creo que la vejez es un buen castigo para los tiranos que arrancaron otras juventudes; me han temblado la voz y las manos al estrechar las de Heberto Castillo y las de Mario Benedetti y me estremecí por semanas después de que Arsacio ”Kid” Vanegas me contó por qué no se subió al “Granma” después de entrenar al Ché y a Fidel; y confieso que este último nombre me causa sentimientos muy encontrados, mismos que no pueden abandonar cierta admiración; no poseo una visa de Estados Unidos como una protesta personal, cosa que me duele en el alma porque reconozco que, a pesar de los Bush o los Trumps, los americanos han creado a The Doors, a los Beatniks, el jazz, a Andy Warhol y a los Yankees de Nueva York; sigo creyendo firmemente que cualquier latinoamericano es un paisano mío y mi propia historia me ha llevado a tener entre mis amistades a gente de otras latitudes y amigos que vivieron la década de los sesenta.
Pero sobre todo, el 68 me ha dejado la idea de que el mundo se divide en ideas y que estas pueden ser peligrosas tanto para quienes las defienden como para quien las considera adversas. No me considero tan romántico para creer que el mundo va a cambiar algún día, esto toma tiempo trabajo y voluntad colectiva. Además, sé que existe la impunidad, existe la necedad y reconozco que tengo que respetar las ideas ajenas a las mías. Me declaro completamente decepcionado del FSLN en el poder y lo que ha hecho Daniel Ortega en mi amada Nicaragua, pero creo que nada tiene que ver con los ideales de aquellas épocas.
Hace ya varios años me encontraba en un homenaje a Salvador Allende con motivo de su centenario. Allí estaba con mi amigo Jorge Suárez, cineasta educado en la extinta Unión Soviética, 20 años mayor que yo. Mientras escuchábamos a Quilapayún recordé cuando mi padre me llevó, treinta años atrás, a verlos, a oírlos. Recuerdo que, me impactaron tanto a mis siete años, que soñé alguna vez ser como esos hombres que vestían de negro. A lo más que llegué a hacer es dejarme crecer el pelo varias veces, tocar la guitarra de manera necia desde los 14 años y a aprenderme varias de las canciones de una época que, por ley temporal, no me pertenece. Cuando nos pusimos de pie con el puño izquierdo en alto para entonar la “Cantata de Santa María de Iquique”, me di cuenta que yo era el más joven en el auditorio. “Joder, pero qué vieja se ha vuelto la juventud”, fue lo primero que pensé y me dio miedo, tristeza y frío.
Creo que sobre lo ocurrido durante el 2 de octubre de 1968, nunca conoceremos la verdad oficial, particularmente por el hecho de que “verdad” y “oficial” no son palabras que merezcan estar juntas. Pasarán comisiones y Amnistías Internacionales que les soliciten que se abran unos archivos que cada vez le interesa menos a la gente y sólo han servido para reivindicar nostalgias y posiciones. Pero también estoy seguro que los ecos que sonaron en el mundo seguirán sonando mientras existamos hijos y nietos del 68 y esto es la luz de esperanza de que el mundo puede ser otro: el que nuestros padres soñaron, el que nuestros hijos merecen.
Sin embargo, mientras escribo estas líneas, el Gobierno mexicano ha decretado un Perdón Oficial a las víctimas del 2 de octubre de 1968. El primer paso para ver un mundo donde la verdad tenga que ser otra y no la que nos han contado de manera “oficial”.
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