Instantáneas Sobre el Fin del Mundo por Alfredo Peñuelas Rivas
Durante la primera visita de la obra de Auguste Rodin a México hice una tremenda fila para ir a ver la obra del escultor francés. Al llegar a aquella famosa escultura que representa a Dante de espaldas a la puerta del Infierno, mejor conocida como “El Pensador”, una adolescente muy emocionada que se encontraba a mi lado dijo: “no es algo que tuviera contemplado como una de las cosas que fuera a hacer en la vida pero jamás pensé estar parada frente a esta estatua”.
Esto viene a colación porque en las lejanas celebraciones mexicanas del Día de La Raza, algunos esperábamos con ansias la fecha debido a la promesa de un puente vacacional y otros solían ir a pintarrajear la estatua de Cristóbal Colón en Paseo de la Reforma. Eso ocurrió hasta que la SEP o el dios encargado de la educación en México decidió sacar al famoso y controvertido Día de la Raza del calendario oficial y el 12 de octubre quedó olvidado en algún cajón de mi calendario en medio de varios lunes o martes igual de insulsos. Por ello jamás imaginé que me iba a tocar celebrar alguna vez en la vida el Día de la Hispanidad, es decir lo mismo pero con ojos españoles. Y no es que eso fuera una cuestión importante o pendiente por hacer, pero si me ha resultado curioso el haber vivido semejante fecha, que vino a determinar la geografía del mundo casi como la conocernos hasta nuestros días, en la tierra que originó tal evento. Algunos años antes, estando en Madrid, mi esposa le preguntaba a la gente cómo llegar a uno de los destinos del mapa, ¿Dónde quedan los “Jardines de la Conquista”?, pregunto. La gente le miraba con una cara de extrañeza porque no entendían (o no querían entender) lo que ella quería decir. Porque el término correcto en tierras españolas es simplemente otro: “Descubrimiento”, para ellos es descubrimiento.
Aquel 12 de octubre yo estaba en Barcelona y la celebración no trascendió a mayores: unas doscientas personas se reunieron en la plaza Sant Jordi de Montjuïc para hacer un homenaje a la bandera española con motivo de la celebración del Día de la Hispanidad, un par de disturbios y ya. Sin embargo, el ver el Día de la Raza con ojos catalanes para mí sí fue una novedad.
Me encontraba en el puerto de Barcelona, frente al mismo mar Mediterráneo donde este marinero, cuya estatua está 60 metros más arriba en su torre, se le ocurrió ir a buscar un nuevo camino a las Indias antes de que los portugueses lo hicieran, el mismo mar adonde él volvió con los primeros pobladores originarios de América que verían España o cualquier lugar de una geografía distinta a la suya, con los primeros papagayos que verían un rey europeo, el primer tabaco, el primer chocolate.
Esto es trascendente por dos cosas, primero porque, como ya señalé, la primera reunión de Colón con los Reyes Católicos se dio en Barcelona en el salón del Tinell, a pocos metros de la estatua en cuestión y, segundo porque hay quien afirma que don Cristóbal era catalán.
El investigador peruano Luis Ulloa afirma que su nombre era realmente Joan Colom, un navegante enemigo de Juan II de Aragón, contra el que luchó al servicio de Renato de Anjou, aspirante al trono y que, además, éste sería también el supuesto John Scolvus que habría llegado al norte de América en el año 1476, y sería él quién posteriormente ofrecería el proyecto del descubrimiento (descubrimiento o búsqueda de una nueva ruta hacia las Indias, no lo olvidemos) a Fernando, el Católico, para beneficio de Catalunya. Esta teoría, la cual gusta mucho a historiadores gringos y catalanes, se basa en el hecho de que no existe ningún texto del navegante en algo parecido al italiano (idioma y país que aún no existían como tal ya que Italia se funda como nación apenas en 1861) genovés o latín. Esta postura también dice que la famosa expedición partiría del puerto ampurdanés de Villa de Pals y no del Puerto de Palos en Andalucía, como ha quedado asentado en los libros de historia.
El caso es que a este noble navegante, cuya estatua cagan gaviotas y palomas por igual, la historia ha tratado de devolverle en muerte la gloria que nunca vio en vida. La condición de jodidos en el mundo sigue siendo más o menos la misma, proporciones más proporciones menos, con la diferencia que la modernidad ha democratizado un poco el color de piel de la jodidez. De todo lo anterior Don Joan Colom no tuvo gran culpa, es más, ni se enteró, como imagina ese hermoso texto de Alejo Carpentier, El Arpa y la Sombra, ya que nunca fue su intención otra que la de navegar:
“Y así fui de corte en corte, sin importarme para quién iría a navegar. Lo que necesitaba eran naves para navegar, viniesen de donde viniesen. Naves sólidas, de ancho aforo, con pilotos de buen colmillo y gente de pelo en pecho —no importándome, para el caso, que salieran de galeras. Capellán no llevaría. Bastábame con llegar allá — ¡y ya sería hazaña!— sin embarazarme con obligaciones de adoctrinamiento ni de teologías, sin saber si los monicongos aquellos no tendrían alguna bárbara religión difícil de desarraigar, que requiriese los oficios de sabios varones experimentados en predicar a los gentiles y convertir a los idólatras. Lo primero era cruzar al Mar Océano: después vendrían los Evangelios —que ésos caminaban solos”.
Hoy día, a su bella isla de San Salvador (la cual se supone que es Haití aunque hay quién sostiene que son las Bahamas) la han asolando huracanes, dictaduras, cascos azules y terremotos por igual sin que el pobre de Joan se enterara de ello.
Me quedo con una de las frases que Don Cristóbal anotara en sus bitácoras de navegación, cuya actitud más que naïf siempre me ha conmovido y me ha hecho pensar en los grandes héroes casuales que plagan los libros de historia: «Ellos aman a sus próximos como a sí mismo, y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa y siempre con risa» (al referirse a los pobladores). Al leer este texto me imagino ese primer encuentro, imagino a Joan de Colom ingresando al Salón de Tinell acompañado por sus “visitantes”, imagino la sorpresa del Rey Fernando II aún convaleciente por el intento de asesinato a manos de Joan de Canyamars, imagino a la Reina Isabel, la Católica, al lado haciendo un guiño al marinero recién llegado, imagino las sorpresas de los unos y los otros, el asombro por los vestidos, por el color de piel, el contraste de colores y de aromas, el verdadero encuentro de Dos Mundos. El navegante genovés, catalán o de donde sea, satisfecho por la proeza y con la ignorancia de que ha cambiado el mundo. “En cuanto a la gloria lograda por mi empresa, lo mismo me daba que ante el mundo con ella se adornara este u otro reino, con tal de que se me cumpliese en cuanto a honores personales y cabal participación en los beneficios logrados”.
Pero la referencia inicial era de Dante y su descender a los infiernos, caer en la tentación por bajar a través de La Comedia de la mano del poeta y guiados por la lamparita de la sabiduría de Virgilio, vuelvo a ello. Así como Colón tendría cuarenta años al emprender la ruta a las Indias, el recorrer de manera minuciosa a los infiernos es una decisión que se toma a la mitad de la vida. El propio Dante consideró eso recién cumplidos los treinta y cinco logrando con ello que sus actos lo llevaran al exilio y que por sus palabras fuese desterrado, de manera definitiva, de esa Florencia que tanto amaba y que encarnó en una mujer llamada Beatriz la cual nunca se enteró del amor que representaba, una Beatrice Portinari cuyos huesos acabarían en la modesta iglesia de Santa Margherita dei Cerchi, pero alojada en la historia por la grandeza de un hombre que lo quiso todo para sí mismo a la mitad de su vida, incluyendo el amor por encima de la gloria. El poeta que buscó entrar en el Paraíso florentino de la mano de Beatriz jamás lo hizo, se quedo a las puertas de ese purgatorio recién inventado por la iglesia, es decir, del infierno mismo que ocupaba su consciencia y que para él quedaba más que retratado en la ciudad de Rávena que lo hospedó durante su exilio, así ésta lo haya acogido de maravilla, por lo que Dante ha quedado para siempre dándole la espalda a dicha puerta infernal, tal y como consta en la estatua de Augusto Rodin. Hoy día, Dante sigue siendo un ánima en pena, su tumba en Florencia está y estará por siempre vacía, la frase Onorate l’altissimo poeta es sólo un buen deseo de un pasado que nunca ocurrirá. Esa frase, esa tumba honran a un eco lejano que alguna vez decidió que, a la mitad de la existencia terrena, habría que tomar una decisión importante: la de hacer con su vida lo que cree uno que es correcto, la de bajar a su propio infierno personal esperando salir airoso al paraíso y de la mano de lo amado.
Me quedo con esto. A la mitad de mi vida del otro lado del océano, viendo la inocencia de un hombre cuya ambición apenas le alcanzó para conseguir un camino eficiente a las Indias y no conocer jamás lo que la historia le tenía reservado; y con el más grande de los poetas capaz de dar un tour de forcé a la mitad de la existencia sin conseguir para sí el paraíso en la Tierra, pero que fue capaz de saborear por siempre la gloria eterna que las letras otorgan así no se hayan ni uno ni el otro enterado jamás de ello, ni de su grandeza.
¡Qué pequeño soy!
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