Colaboraciones

El otro lado de la moneda: del mexicano hospitalario al mexicano egoísta

Considero que la raíz de muchas de estas conductas egoístas se encuentra en la falta de civismo, un valor para la convivencia social.
El otro lado de la moneda: del mexicano hospitalario al mexicano egoísta

De Todo y de Nada por Sergio G. Haro

En más de una ocasión hemos hablado de los valores que nos caracterizan como mexicanos, destacando nuestra hospitalidad y la calidez con la que recibimos a quienes nos visitan. Es una imagen que nos gusta, la del mexicano que abre las puertas de su casa y comparte lo mucho o poco que tiene. Sin embargo, hoy quisiera abordar un lado menos halagador de nuestra cultura, un aspecto que, aunque no se menciona con frecuencia, es igual de real: el egoísmo.

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Es común pensar que la bondad es uno de nuestros valores principales, pero también es innegable que el egoísmo se manifiesta en muchas de nuestras acciones cotidianas. A menudo, este egoísmo se camufla detrás de justificaciones personales, que nos hacen ignorar el impacto de nuestras acciones en los demás. Un ejemplo claro de esto se puede observar en el día a día en nuestras calles y avenidas.

¿Quién no ha visto alguna vez una fila larga de autos esperando pacientemente para salir de una vía principal, solo para que unos cuantos conductores decidan formar una segunda o hasta una tercera fila? Lo hacen sin importar que quienes ya estaban esperando lo hagan de manera ordenada. En su mente, la prisa justifica cualquier acción, aunque implique pasar sobre los derechos de otros. Este tipo de conductas también se refleja en quienes se estacionan en lugares prohibidos, ignorando los inconvenientes que podrían causar, o en quienes se meten en sentido contrario o se pasan un semáforo en rojo, siempre con una excusa en sus mentes que justifique su comportamiento.

Este tipo de egoísmo no se limita a la cultura vial; también lo vemos en la convivencia vecinal. Es común escuchar música a un volumen tan alto que retumba en las paredes de casas vecinas. Y si bien algunos lo justifican como parte de la «cultura» de la fiesta, rara vez se detienen a pensar que podrían tener un vecino enfermo o con un bebé que necesita descansar. Lo cierto es que, a veces, otros terminan adaptándose a estas conductas, subiendo el volumen de su televisor para competir con la música del vecino, en lugar de que prevalezca la consideración mutua.

Este mismo patrón se repite desde quienes tiran basura en la calle hasta quienes evaden sus responsabilidades fiscales, ignorando cómo sus acciones afectan al entorno y a la comunidad. Al final, estas actitudes reflejan una visión individualista y una falta de empatía que, como país, nos cuesta superar.

Considero que la raíz de muchas de estas conductas egoístas se encuentra en la falta de civismo, un valor fundamental para la convivencia social que, lamentablemente, hemos descuidado. El civismo es un compromiso con las normas que regulan nuestra vida en sociedad, no solo por miedo a una sanción, sino por la convicción de que esas reglas buscan el bienestar común. Si todos practicáramos el civismo en nuestro día a día, desde recoger las heces de nuestras mascotas hasta respetar los lugares reservados para personas con discapacidad, podríamos construir una sociedad más armónica y justa, donde el interés común prevalezca sobre el interés individual.

Si bien la bondad y la hospitalidad son parte de nuestra identidad, el egoísmo también forma parte de nuestra realidad. Reconocer esta dualidad es el primer paso para cuestionar nuestras propias acciones y considerar si realmente estamos construyendo una sociedad mejor. Al final, cada acto, por pequeño que sea, suma a la sociedad que deseamos ser. Si logramos cambiar esas actitudes cotidianas, quizá algún día no necesitemos que nos recuerden que, más allá de cualquier justificación personal, el bienestar de todos siempre debe ser una prioridad.

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