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Día de Muertos: Raíces, Tradiciones y Transformaciones en México

El Día de Muertos es una celebración profundamente enraizada en la cosmovisión mexicana, donde la muerte es vista como una transición y no un fin.
Día de Muertos: Raíces, Tradiciones y Transformaciones en México

De Todo y de Nada por Sergio G. Haro

El Día de Muertos es una celebración profundamente enraizada en la cosmovisión mexicana, donde la muerte es vista como una transición y no un fin. Esta tradición ancestral ha evolucionado a través de los siglos, mezclando creencias prehispánicas con elementos del catolicismo, haciéndola, por lo tanto, una tradición única en el mundo.

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Cada 1 y 2 de noviembre, los mexicanos honramos a nuestros seres queridos fallecidos con altares que simbolizan un vínculo espiritual y cultural con nuestros ancestros.

El Día de Muertos tiene sus raíces en las antiguas culturas mesoamericanas. Para los mexicas, la vida y la muerte formaban un ciclo inseparable, y los difuntos emprendían un viaje al Mictlán, el inframundo. En otro artículo ya hemos mencionado que este viaje estaba lleno de desafíos, y al llegar, el alma descansaba bajo el cuidado de Mictlantecuhtli, el dios de la muerte.

Para acompañarlos en su travesía, las ofrendas incluían comida, agua y otros elementos esenciales. Sería equivocado pensar que esta tradición era exclusiva de los mexicas; entre otros, los purépechas, en la región de Michoacán, celebraban a sus muertos en fechas similares, llenando sus rituales con simbolismos que honraban tanto la vida como la muerte.

Con la llegada de los españoles y el cristianismo, estas creencias comenzaron a fusionarse con las prácticas católicas. En el cristianismo, la festividad de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos (1 y 2 de noviembre) tenían como objetivo rezar por las almas en el purgatorio, de modo que alcanzaran la salvación. Los rituales de ofrendas se transformaron, incorporando elementos como la cruz, imágenes de santos y el pan de muerto, que simboliza el ciclo de la vida y la muerte, moldeado en honor a la Eucaristía. Este sincretismo cultural originó una celebración única que mantiene vivos los símbolos indígenas mientras los adapta a la fe cristiana.

Como sucede con la comida, cada región le ha dado su toque particular a esta celebración. Desde que era niño, mis abuelos y mi madre me decían que uno de los lugares más emblemáticos para vivir esta tradición es Pátzcuaro, en Michoacán. Ahí se destaca la devoción con la que sus habitantes celebran la Noche de Muertos en el Lago de Pátzcuaro, iluminando con velas las tumbas y dejando ofrendas de comida, flores de cempasúchil y otros elementos simbólicos. Presenciar esta celebración es algo que aún tengo en mi lista de deseos, y espero poder vivir algún día esta experiencia mágica que describen como única.

Otro enfoque singular del Día de Muertos se encuentra en Los Cabos, donde los Pericúes, una de las culturas originarias de esta región, adaptaron sus ofrendas funerarias a las condiciones desérticas del lugar. En lugar de colocar alimentos, como es común en otras partes, incluyen cactus, como el cardón. Este ajuste refleja la creatividad cultural en condiciones de escasez, mostrando cómo las tradiciones pueden adaptarse sin perder su esencia o cometer el error de darle de comer a un ser que, aunque querido, no lo requiere como tú o tus familiares vivos.

Vale la pena mencionar el desfile de Día de Muertos en la Ciudad de México, una celebración que genera sentimientos encontrados, al menos en mí. Este desfile se originó a raíz de una película de James Bond, donde una escena ambientada en un desfile ficticio se viralizó, y desde entonces, la ciudad ha decidido replicarlo, en un estilo similar al Mardi Gras en Nueva Orleans. Aunque algunos puedan considerar esta adaptación como una influencia extranjera que carece de raíces, hay quienes aprecian su espectacularidad visual y la oportunidad de dinamizar las tradiciones en un mundo globalizado. La cultura, después de todo, está en constante cambio. Aún no me decido si es algo que puedo aceptar como parte de mi cultura o rechazarlo, como a los tacos de Taco Bell.

Justo lo opuesto se vive en San Andrés Mixquic, un pueblo en el sureste de la Ciudad de México. Aquí, la comunidad se reúne en el panteón al anochecer, donde la tradición dicta que se coloquen velas y pétalos de cempasúchil desde las tumbas hasta los altares. La celebración se transforma en una procesión luminosa que llena el cementerio de color y solemnidad. Mixquic ofrece una experiencia poderosa y emotiva, en la que el silencio y el respeto por los difuntos se sienten profundamente, mostrando una faceta íntima y conmovedora del Día de Muertos.

Como sea que lo conmemores, cada rincón de México celebra la vida y la muerte a su manera, adaptando una tradición que, pese a las influencias externas, conserva su esencia y se mantiene vibrante y significativa para quienes la celebran.

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