Decir groserías al sentir dolor es más común de lo que parece, y lejos de ser una simple reacción impulsiva o falta de educación, la ciencia tiene una explicación clara al respecto.
Durante años, el lenguaje fuerte fue considerado un mal hábito. Sin embargo, estudios científicos recientes han cambiado esa percepción y muestran que su uso puede tener efectos positivos en el cuerpo.
Investigaciones realizadas por la Universidad de Keele, en el Reino Unido, revelaron que las personas que decían groserías al experimentar dolor lograban soportarlo durante más tiempo y percibían una menor intensidad de molestia física en comparación con quienes usaban palabras neutras.
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La explicación es fisiológica. Las palabras intensas activan el sistema de alerta del cuerpo, elevan la adrenalina y generan un efecto analgésico natural. No obstante, los especialistas aclaran que este beneficio no es ilimitado, ya que el uso excesivo reduce su impacto positivo.
Contrario a la creencia popular, decir groserías no implica un vocabulario pobre. Estudios indican que las personas con mayor fluidez en este tipo de lenguaje también poseen un vocabulario amplio, lo que demuestra que se trata de una elección expresiva y no de una carencia lingüística.
Además, el lenguaje fuerte cumple una función social importante. Puede generar empatía, fortalecer vínculos y facilitar la expresión emocional en momentos de tensión.



