El lavado del rostro es la base de cualquier rutina de cuidado de la piel. Una limpieza adecuada no solo retira suciedad visible. También ayuda a conservar la función barrera y a preparar la piel para otros productos. Así lo señala la American Academy of Dermatology, que destaca la importancia de realizar este paso correctamente.
Durante años se difundió la idea de que el agua fría mejora la apariencia de los poros. Sin embargo, los especialistas explican que los poros no se abren ni se cierran con cambios de temperatura. Además, el agua muy fría puede dificultar la eliminación de grasa, maquillaje y protector solar acumulados durante el día.
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El agua demasiado caliente tampoco es la solución. Instituciones como la Cleveland Clinic advierten que el calor excesivo elimina los aceites naturales que mantienen la piel hidratada. Cuando esa capa protectora se debilita, aumenta el riesgo de resequedad e irritación.
Por esta razón, asociaciones como la British Association of Dermatologists sugieren usar agua tibia, en un rango aproximado de 28 a 32 grados. Esta temperatura permite que el limpiador actúe mejor sin afectar la barrera cutánea. También recomiendan masajear el producto con suavidad durante unos segundos y secar con una toalla limpia, dando ligeros toques.



