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Oasis | Yo soy de esas…

Cuando las zonas naturales protegidas se entregan a las comunidades humanas ocurre un fenómeno de protección que permite la subsistencia exitosa mutua, en la que todos ganan: vida silvestre y humanos.
Oasis | Yo soy de esas...

Oasis por Jimena Camacho

Diez millones de árboles. ¿Puede imaginarlos, lectora, lector? Le doy un dato: en la Ciudad de México hay poco más de 9 millones 200 mil habitantes, según el censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Diez millones de árboles, calculan expertos, fueron talados para la construcción del Tren Maya. Eso equivale a que toda la población de la CDMX, y 800 mil personas más, hubieran desaparecido, si cada habitante fuera un árbol. (Haga usted la estimación para su estado.)

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Si la población de CDMX desapareciera, implicaría la desaparición de nuestras respectivas colonias de bacterias, no más, hablando de biodiversidad. Pero resulta que las selvas son los ecosistemas terrestres que mayor diversidad de especies albergan. Cada árbol de selva convive y sostiene miles de especies de flora y fauna silvestres, en sus raíces, troncos, ramas, hojas y frutos, así que con cada árbol talado se afecta inevitablemente a tucanes, guacamayas, loros, abejas, hormigas, pumas, ocelotes, cachorros de jaguar, anfibios, reptiles, flores, murciélagos, escarabajos,  quetzales, y  monos aulladores recientemente muertos de sed (una de las muertes más dolorosas, si cabe decir, por su larga agonía) que dicen algunos testimonios en notas periodísticas, «caían como manzanas de los árboles».

Existen modelos de manejo ambiental probadísimos en otras latitudes -África, por ejemplo-, que revierten esta pérdida que impacta también a las comunidades indígenas y pobladores cercanos. Cuando las zonas naturales protegidas se entregan a las comunidades humanas que las han cohabitado históricamente, ocurre un fenómeno de protección que permite la subsistencia exitosa mutua, en la que todos ganan: vida silvestre y humanos. «La obra no está concluida, si se adopta otro modelo, hay esperanza», nos dice Mina Moreno de SOSCenotes.

¿Y los cenotes, a’pá?

Son formaciones particularísimas y frágiles, con especies que no existen en ninguna otra parte del mundo, coinciden Jorge Fernández, abogado de Utsil Kuxtal y la investigadora Yameli Aguilar, experta en sistemas kársticos (para usted y para mí: cuevas, cavernas y cenotes). Su pérdida afecta a todo el sureste, la península y la Tierra pierde parte de un ecosistema sui géneris. Los tres expertos consultados coinciden también: el Tren (cuyos efectos han sido ampliamente documentados, entre otros, en la sentencia del Décimo Tribunal local por los Derechos de la naturaleza), es la punta del Iceberg, la «cereza del pastel» de una problemática social, cultural, ecológica y económica regional, agravada, que está en desarrollo desde los años 70, cuando se fundó Cancún.  

Paisajes de la vida cotidiana

Vi a un señor en un video diciendo a la tortuguita que está por liberar: «Tienes que vivir ¿me oíste?». Yo soy de esas personas que hablan con las plantas y animales, propios, ajenos y silvestres. Me conmueven profundamente sus formas, la infinita variedad de la naturaleza, su inteligencia y capacidad emocional. La selva y especies silvestres que nos acompañan, nos brindan placer estético y un montón de beneficios (mejor conocidos como servicios ambientales): absorben contaminantes atmosféricos causantes del calentamiento global, ¡nos dan oxígeno y buena parte del agua que bebemos!, regulan el clima (¿ha sentido más calor?), nos dan medicinas, comida, madera, etc. (Por cierto, si nos quedamos sin murciélagos y abejas, perderemos con ellos la polinización natural de varias flores y frutas.) Los ecosistemas son también un refugio y remanso espirituales. Eso, que tanto busca el turismo y que, paradójicamente, puesto que se busca atraerlo, puede que ya no encontrará. Más allá de esto -valioso en sí mismo-, todas las especies silvestres tienen un derecho elemental compartido con nosotros, la fauna humana: el derecho de vivir, en paz, simplemente porque existen. Mucho antes que nosotros.

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