De Todo y de Nada por Sergio G. Haro
Cada año, el 15 de septiembre marca el inicio de las celebraciones de la Independencia de México. Pero más allá de la historia de la lucha por la soberanía política, existe una reflexión profunda sobre la unión de quienes formaron la nación mexicana. Es irónico que en el mundo de hoy, en medio de tanta polarización y rechazo a lo extranjero, olvidemos que México, como la mayoría de los países, es el resultado de una extensa mezcla de razas y culturas. Este es un aspecto clave que debemos tener presente cuando celebramos nuestra independencia.
Al reflexionar sobre los colores de nuestra bandera en un artículo pasado (Chile en Nogada:Un platillo Patriótico que celebra la Independencia de México), encontramos que el rojo simbolizaba originalmente la unión entre los europeos y las personas nacidas en América. Esta unión, lejos de ser una simple cuestión de tratados o acuerdos políticos, fue, y sigue siendo, el cimiento de nuestra identidad. Durante los más de 300 años de dominio español, una enorme diversidad de pueblos y culturas llegaron a lo que hoy conocemos como México: españoles, africanos, asiáticos y otros europeos que se mezclaron con las culturas indígenas que ya habitaban este vasto territorio.
A menudo, escuchamos discursos que defienden la pureza de ciertas identidades nacionales o étnicas. Sin embargo, la idea de una «raza pura» es un mito. No existe una nación en el mundo que no haya sido influenciada, modificada y enriquecida por múltiples culturas y pueblos a lo largo de la historia. En México, incluso quienes podrían parecer 100% indígenas por sus rasgos físicos —ya sea en Yucatán, Oaxaca o Zacatecas— no son descendientes de una sola cultura. Los mayas, zapotecas, otomís, aztecas y otros grandes pueblos forman parte de nuestros ancestros, pero no somos exclusivamente ellos. Somos también resultado de la herencia de los españoles, y a través de ellos, de los árabes, romanos, celtas y muchas otras culturas que, por siglos, se han entrelazado.
Es esencial recordar que nuestra identidad como mexicanos no está definida por una pureza racial, sino por la mezcla. Somos un reflejo de todo aquello que vino antes de nosotros, desde los pueblos originarios hasta los colonizadores y migrantes que han llegado desde diversos puntos del planeta. Y esta mezcla no debe verse como una debilidad, sino como una fortaleza. Al igual que en los tiempos de la independencia, cuando se buscaba unir a los habitantes del territorio bajo un mismo ideal de libertad, hoy en día, debemos recordar que la unión y la diversidad son lo que nos hace fuertes.
En un mundo cada vez más polarizado, donde el rechazo a lo extranjero y lo diferente parece ganar terreno, resulta vital cuestionarnos cómo entendemos nuestra identidad. Ser mexicano no significa ser huichol, náhuatl o español, sino una amalgama de todos ellos y más. La verdadera independencia, entonces, no es solo política, sino mental. Debemos liberarnos de las ideas que nos dividen y reconocer que nuestra fortaleza está en la diversidad. La unión que buscaban los insurgentes hace más de dos siglos es la misma que necesitamos hoy: la unión de todos los que habitamos este país, sin importar de dónde vengamos o cómo luzcamos.
Celebrar la independencia no es solo conmemorar el pasado, sino abrazar un futuro en el que todos los mexicanos, sin importar su origen, puedan convivir en igualdad, respeto y aceptación. Después de todo, lo que nos hace verdaderamente libres es la independencia de nuestra mente.
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