Oasis por Jimena Camacho
45 días. Eso vive una abeja. Y se necesita la vida entera de 12 abejas para producir una cucharadita cafetera de miel. La misma que Usted, lectora, lector, y yo ponemos en el té o la fruta. Detrás de un frasco de 1 kg de miel que Usted y yo compramos alegremente en el supermercado, están la vida entera y el trabajo de 2 mil 500 abejas que visitaron y extrajeron diariamente el néctar de unas 560 flores. Cada día. De allí que sean, junto con otros insectos y la mayoría de los murciélagos, las polinizadoras de plantas y frutos por excelencia.
Son seres absolutamente fundamentales para el equilibrio y la supervivencia de los ecosistemas y, por ende, de todas y todos nosotros, empezando por los pueblos y comunidades mayas que históricamente han tenido y tienen una estrecha relación con ellas de muy diversas maneras sociales, culturales y económicas. Pero resulta que en los últimos 10 años se ha registrado una muerte masiva de ellas debido a la utilización indiscriminada de agrotóxicos (fipronil, glifosato y neonicotinoides), y a la deforestación desenfrenada, que ha colocado a Hopelchén como uno de los municipios más deforestados de México.
La buena noticia es que, una sentencia histórica, de la Jueza Cuarta de Distrito del Centro Auxiliar de la Quinta Región, con residencia en Culiacán, Sinaloa, otorgó un amparo a favor de los pueblos mayas de Hopelchén, Campeche, reconociendo explícitamente el valor en sí mismas de las abejas, su valor ecológico intrínseco, además de su indisoluble relación con los pueblos y comunidades de la península yucateca, región apicultora desde tiempos prehispánicos.
La sentencia obliga a la Presidencia de la República, representada por la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER), la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), la Procuraduría Federal de Protección al Medio Ambiente (PROFEPA) y el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA); a la Secretaría de Desarrollo Agropecuario, y a la Secretaría de Medio Ambiente, Biodiversidad, Cambio Climático y Energía (SEMABICCE) del gobierno del estado de Campeche, a cumplir, sí o sí, con las siguiente medidas, entre otras:
- Prohibir totalmente agrotóxicos como el fipronil y los neonicotinoides, vetados en gran parte de Europa.
- Aplicar plenamente el decreto que restringe el uso del glifosato.
- Prohibir las fumigaciones aéreas que ponen en riesgo a las abejas y al ecosistema.
- Investigar y sancionar las deforestaciones ilegales que han devastado la región.
- Establecer un programa participativo con las comunidades locales para crear corredores biológicos y restaurar los ecosistemas afectados.
- Declarar a las abejas como sujetos de derechos y reconocer a las comunidades mayas como sus guardianas, en virtud de su relación ancestral y cultural.
¿No le dan ganas de sonreír, lectora, lector? A mí sí. Me alienta el empeño que han puesto para promover el juicio -y en adelante para velar por el cumplimiento de la sentencia- las organizaciones Colectivo de comunidades Mayas de los Chenes; Utsil Kuxtal Centro de derechos Humanos; Muuch Kambal; y la Alianza Maya por las Abejas. Gracias a ellas, y a la sentencia del Poder Judicial, ahora deben ser protegidas las abejas. Tan diminutas. Tan vulnerables. Esas que alguna gente mata o espanta a manotazos cuando lo único que tenemos que hacer es dejarlas estar y agradecerles con toda humildad su preciosa labor.
La próxima vez que veamos a una abeja volando, ojalá podamos recordar que simplemente está recorriendo sus 40 a 100 kilómetros de vuelo diario, de flor en flor…. Valen oro.
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